1) ¿Qué puede hacer la familia cuando sospecha que su hija sufre un trastorno alimentario?

Los principales signos de alarma que podrían indicar la presencia de un TCA son:

  • pérdida significativa de peso u oscilaciones de peso,
  • cambios en sus hábitos alimentarios,
  • dietas estrictas,
  • ingesta compulsiva y exagerada,
  • visitas frecuentes al servicio después de comer,
  • desaparición de comida,
  • críticas y comentarios negativos hacia su figura, peso y formas corporales,
  • ejercicio físico excesivo con el fin de perder peso,
  • cambios en el carácter: mayor irritabilidad, tristeza, cambios de humor repentinos,
  • perfeccionismo, insatisfacción, impulsividad,
  • evita ir a comidas familiares, reuniones, eventos sociales o lugares públicos,
  • consumo de laxantes, diuréticos, píldoras adelgazantes y
  • ausencia o irregularidades en la menstruación.

 

Cuando la familia sospecha de un TCA debido a que observa algunos de los indicadores anteriormente mencionados, debe, como primera medida hablar con ella sincera y directamente. La aproximación inicial debe hacerse mediante preguntas al estilo:

¿Qué tal te encuentras últimamente? ¿Hay algo que te preocupe? ¿Algo de lo que quieras hablar?

Posteriormente, se le podrá transmitir la preocupación por haber observado cambios y conductas extrañas concreta: “Últimamente te noto muy preocupada por lo que comes y por las calorías de los alimentos”. “He escuchado comentarios en los expresabas un gran disgusto por tu cuerpo, tu manera de ser”. “He podido observar que estás más triste o más irascible”. “Estoy notando que a menudo comes más de lo que deseas y luego te arrepientes o vas al servicio”…

Es muy importante que el tono de la conversación sea cálido y permita el diálogo de confianza, nunca de juicio, desconfianza o reproche. Si la hija siente que está siendo interrogada, que va a ser juzgada, criticada o no comprendida, será muy difícil que pueda hablar de sus sentimientos y preocupaciones. Debe sentir que hay un deseo de aproximación respetuosa en sus padres, de comprensión y ayuda.

Una vez reconocido el problema se le sugiere acudir a un especialista para que haga una valoración. Si se niega, se le puede pedir que al menos vaya una vez, de esa forma los padres estarán más tranquilos. También se le puede pedir que asista al médico de cabecera para hacer estudios clínicos y valorar médica y nutricionalmente su estado de salud.

Si la negativa es absoluta: “no me pasa nada, no iré a ningún sitio, estoy perfectamente”, habrá que tener paciencia y esperar otra ocasión para volver a repetir la conversación. Cuando la pérdida de peso es excesiva y rápida, cuando ha habido algún incidente médico o se conocen episodios repetitivos de vómitos o ingesta excesiva de diuréticos o laxantes, habrá que actuar con más firmeza ya que en este punto su vida puede estar en peligro.

 

2) ¿En qué sentido suelen afectar este tipo de problemas alimentarios a las relaciones familiares? 

Tener un hijo/a con TCA tiene un impacto considerable en el seno familiar. Toda la atención puede comenzar a girar en torno al problema alimentario de la hija, lo cual podría llevar a descuidar a otros miembros de la familia y a la vida conyugal y personal de cada uno de los padres.

Puede ocurrir que los padres, sin recursos para manejar la situación, comiencen a discutir y culpabilizarse entre ellos. Es fundamental pedir asesoramiento profesional o asistir a los grupos de padres disponibles en las asociaciones, para poder compartir preocupaciones y encontrar estrategias para afrontar el problema.

La tensión familiar, las discusiones, los enfados, los castigos, aumento de medidas de control y las manipulaciones pueden ser frecuentes al principio, momento caótico y de crisis familiar que debe, inexorablemente, encauzarse con  ayuda externa y medidas productivas.

Una vez aceptada la existencia del problema, la familia suele cambiar la estrategia y ponerse en acción. Esto genera cambios en todos y cada uno de los miembros, alguno de ellos, muy positivos, puesto que ayuda a reflexionar y revisar los vínculos y dinámicas familiares. En este sentido, la enfermedad aparece como una oportunidad de cambio y crecimiento familiar y personal.

 

3) ¿Qué actitudes y conductas de los padres son más efectivas para brindarle el apoyo que necesita? 

  • Tener mucha paciencia y no exigirle más de lo que ella puede dar. Hay que ser comprensivos, darle ánimos, no dramatizar ni dejar que se hunda en momentos malos sino tomárselos como parte del camino.
  • Poner la lupa en los aspectos positivos de la persona y decírselo: lo que sí consigue, lo que hace bien, sus valores, sus esfuerzos, sus gestos amables; en lugar de estar pendientes todo el tiempo de lo que hace mal, en lo que falla, de lo que falta, etc. Esto último genera la sensación de “nunca es suficiente”, “todo lo hago mal”, “no soy válida”, lo que impide el desarrollo de una autoestima y un autoconcepto positivos.
  • Reforzarle los logros y los avances a lo largo del tratamiento. Nunca centrarse en lo que no consigue, ni en los retrocesos. Frases tales como: “hoy tienes un mal día, no olvides tus avances, mañana será otro día, tu puedes conseguirlo” dan fuerza y motivación para continuar en un largo camino de lucha.
  • Dar apoyo en los momentos críticos: “te acabas de dar un atracón, entiendo cómo te estarás sintiendo, vamos a dar un paseo y te sentirás mejor”.
  • Potenciar la comunicación asertiva: que cada uno tenga un espacio para expresar lo que siente y piensa de forma adecuada y en el momento adecuado, facilitando la expresión de sentimientos positivos y negativos de forma adecuada.
  • Evitar la hostilidad y/o el silencio como modo de resolver los conflictos.
  • Mejorar las relaciones familiares: evitar el conflicto improductivo, las críticas o desvalorizaciones constantes entre los miembros de la familia, las culpabilizaciones y los chantajes emocionales.
  • No hacer comentarios constantes sobre lo que come o deja de comer, o críticas sobre su cuerpo, su aspecto físico, vestimenta, modales o manera de ser. Esto hará que se sienta aún más imperfecta e inadecuada y empeorará la situación.
  • Poner límites sanos con firmeza pero con cariño y respeto.
  • Compartir intereses comunes, favorecer la unión entre miembros.
  • Esclarecer y modificar el estilo parental perjudicial (sobreprotección, excesiva exigencia, falta de límites, autoritarismo o rigidez).
  • Delimitar las normas de convivencia, las responsabilidades domésticas, los horarios, los espacios personales.
  • Favorecer la autonomía e independencia de la paciente en su vida cotidiana y de cada uno de sus miembros.
  • Evitar que todo el sistema familiar se centre exclusivamente en la enfermedad de la hija al precio de desatender las necesidades de otros hermanos, de la pareja y de uno mismo.
  • No deben existir alianzas inadecuadas: los padres deben de estar juntos, unidos en un mismo barco (independientemente de si están divorciados o no). Los hijos no pueden ser cómplices o confidentes de los problemas conyugales, esto les genera un gran conflicto interno ya que si se alían con uno de sus progenitores, “traicionan” al otro. Los problemas de pareja deben quedar en la pareja.
  • No centrar toda la atención en la ingesta. Recordar que el TCA tiene una base emocional, provocado por dificultades relacionadas con el manejo emocional, el estrés, la autoestima y los sentimientos. Hay que tener paciencia. Los cambios alimentarios se irán generando en la medida en la que se trabajen los hábitos, los pensamientos y las emociones.