Adicción a la comida

Para hablar de la adicción a la comida vamos a comenzar por definir el “Comer Emocional”.

Hablamos de Comer Emocional cuando no consumimos alimentos por hambre, sino para obtener algún beneficio o alivio a corto plazo.

Es decir, al utilizar la comida como método de manejo emocional o de los estados de ánimo habitualmente desagradables. 

Si estoy enfado, triste, aburrido, o feliz, como.

¿Cómo aprendemos a comer emocionalmente?

Desde pequeños aprendemos a asociar la comida a momentos de placer y a emociones positivas. Descubrimos que comer nos calmaba frente a alguna situación inquietante, nos aliviaba el dolor, la preocupación, la ansiedad. Averiguamos que comer ayudaba cuando nos sentíamos mal.

Así, aprendimos que podemos recurrir a la comida para hacer desaparecer momentáneamente el malestar que nos producen determinadas emociones. Como el miedo, el enfado, la tristeza, la frustración, la soledad y el estrés en general.

De esta manera, la comida comienza a ser el recurso utilizado para afrontar cualquier dificultad.

Sin embargo, esto, lejos de ayudar a resolver el problema, lo aumenta.

Del comer emocional a la adicción

La expresión máxima del comer emocional es comer compulsivamente, el atracón. Estos episodios repetidos en el tiempo generan una adicción a la comida, una compulsión, una dependencia, un pensamiento obsesivo y repetitivo que lleva a desear determinados alimentos, casi sin importar las consecuencias de consumirlos.

También debemos tener en cuenta que una adicción a la comida no depende únicamente del estado emocional. Por ejemplo, los hidratos de carbono con un alto índice glucémico (bollos, dulces, harinas refinadas) generan una adicción fisiológica, dado que el organismo se va acostumbrando a niveles cada vez más altos de glucosa en sangre y, por lo tanto, va demandando más.

¿Cómo superar esta adicción?

Cambiando tu alimentación, tu manera de comer. Afrontando las emociones y las situaciones que necesitas resolver en tu vida, y aprendiendo a gestionar todo ello de otra manera que no sea comiendo.
Cambiar los hábitos de alimentación implica, de manera genérica,

  • no hacer dieta ni ayunos,
  • realizar cuatro o cinco ingestas diarias,
  • tener horarios fijos,
  • planificar lo que vas a comer,
  • concentrarte plenamente en la comida que ingieres,
  • comer despacio,
  • aprender a escuchar al cuerpo y las señales de hambre y saciedad,
  • servirte en el plato únicamente lo creas que vas a comer,
  • evitar la comida rápida,
  • no comer de envases o fuentes,
  • no realizar ninguna actividad mientras comes, y
  • esperar 15 minutos antes de repetir para que las señales de saciedad lleguen al cerebro.

Dentro de los buenos hábitos de salud incluimos comer bien, dormir y descansar bien, evitar el sedentarismo, manejar el estrés (tanto físico, mental, como emocional), no mantener relaciones tóxicas, y alcanzar a través del trabajo personal un estado de tranquilidad y satisfacción con uno mismo.

Afrontar las emociones

Para resolver el problema con la comida, tenemos que dejar de utilizarla como tranquilizante, como analgésico o como método de evasión. Debemos proponernos afrontar las situaciones y las emociones que intentamos evitar. Esto puede no resultar sencillo, pero si queremos dejar de comer emocionalmente, la comida debe convertirse en lo que realmente es: sólo comida. Si nos planteamos qué se gana al comer por impulsos emocionales, la respuesta que obtenemos es que realmente nada; nada más allá de anestesiar tu malestar temporalmente, perpetuando así ambos problemas: el que ha generado tu malestar y la adicción a la comida.

Plantéate decir “¡Basta!”. Puedes liberarte de la dependencia a la comida, romper las cadenas de la adicción y tomar las riendas de tus propios hábitos. Este es un desafío que requiere valentía para, ante todo, echarle un vistazo a tu vida y a tu propio ser.

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Adriana Rubinstein Agunin

Psicóloga M-22963 – Especialista en trastornos de la alimentación y obesidad

Tel.: 670610044 – Centro Tiban – www.centrotiban.es